El silencio

_104862684_lauraHoy me pide el dolor que use este altavoz para susurrarte, Laura, lo que sentimos. Nosotros, que estamos aprendiendo a hacer de la comunicación un arte, ayer descubrimos que se pueden contar muchas cosas simplemente con el silencio. Un minuto para estar callados. No hay nada más escalofriante que una muchedumbre silenciosa. Tiene algo de sobrenatural, de sombrío. Casi mil personas concentradas en un pequeño espacio y que solo se oiga el rumor de los coches lejanos, algún pájaro disonante, una irremediable tos.

Este blog está hecho para contar cosas preciosas, para difundir esas actividades maravillosas que estamos realizando juntos, como un equipo de soñadores. Ayer, Laura, estuvimos todos. Bajo un sol que más bien parecía anunciar que las flores de la primavera iban a romperse bajo el cielo azul como cristales olorosos de murano y jazmín. No fue bonito, para qué nos vamos a engañar. Bonito sería no tener que haber salido al patio a guardarte respeto con un minuto de silencio; bonito habría sido no tener que ahogar los gritos para que con el silencio se oyera bien fuerte nuestra indignación. Aunque dolió (cómo dolió) ese silencio de ayer, no dejó de ser en sí mismo una obra de arte. Quién sabe si fuiste musa. Sin una mano ya que guíe tu pincel, quizá tu alma estaba como la reina Mab, susurrándonos al oído que esa sonrisa tuya tan bonita (que por desgracia hemos tenido que conocer), sigue en algún lado, cantándole con colores a la vida.

Y nos duele todo. Han matado a una mujer. Nos han robado a una de las nuestras, de las que hacen falta: valiente, soñadora, risueña, inteligente, creativa, artista, culta, viajera, trabajadora, buena…

No paro de pensar desde que me enteré en que, quién sabe, podías haber sido mi compañera. Ya te habrás dado cuenta de lo caprichoso que es el destino. Una lista de interinos, una llamada a ti y no a otra, un pueblo tan lejano. Ese pueblo. Un vecino. Te dieron destino sin saber que el otro destino te había sentenciado.

Una profesora. Si el destino no te hubiera puesto ante los ojos del criminal que te ha asesinado, Laura, quizá un día ese mismo teléfono te habría mandado a nuestra sala de profesores. Estoy seguro de que cuando hubiéramos cogido confianza te habrías reído con las cosas de algunos de los compañeros (que los hay muy graciosos y cariñosos). Habríamos flipado contigo. Dicen que eras encantadora y una artista brutal. La de cosas que habríamos hecho juntos. En cambio…

Todas esas posibilidades han quedado reducidas a un ay y un silencio. Si hubieras tenido más tiempo para saber de qué iba esto, comprenderías que los niños a veces son un poco pamplinosillos. ¿Para qué te voy a decir otra cosa? En el patio, siguiendo alguna mojiganga del típico tontuelo, alguno se reía por lo bajini. No le quité los ojos de encima durante un rato. Él no me vio. No tardó ni cinco segundos en darse cuenta de que el silencio, ay, Laura, ese silencio, era serio. Y él mismo se fue callando viendo el encogimento de los demás hasta que, con la mirada abrevando en el suelo, se quedó como una estatua. Vi a mucha gente emocionada. Alguna compañera lloró. Salimos de allí con un nudo en la garganta, pero de los gordos. De los que te hacen disimular diciendo alguna tontería para que no se te note que tienes las lágrimas bailándote en el párpado de abajo.

Te sentimos como una de las nuestras. No te ha dado tiempo el innombrable a enseñarle a tus alumnos a amar la vida como tú lo hacías, a reírle al mundo con esa risa y esa cara tan bonita. Te imagino entrando en esa clase, con la misma mueca que yo lo hice la primera vez: aterrada pero ilusionada, con una mochila cargada de vida, de sueños, de vocación.

No paro de pensar en que si ese bastardo no te hubiera matado, Laura, quizás esta misma semana podría haber tenido tu teléfono con esa sonrisa tuya bailando en tu foto de perfil, en el mismo grupo de Whatsapp donde los compis ponen memes graciosos, comentarios sagaces. Habrías venido a desayunar con nosotros en el recreo y, como gran cicerone que me siento, te habría enseñado con orgullo a pedir un desayuno hecho y derecho, como hay que tomarlo en Málaga: una nube doble y un pitufo mixto. Y además te habría ayudado a comprenderlo, porque la nomenclatura de nuestros cafés… Eso es para enseñarlo y presumir, ya te lo digo yo. Estoy seguro de que al final de curso, al irte donde te llevara el destino, habríamos llorado por perder a una docente tan maravillosa, de esas que el destino trae volando hasta tu puerta, pero…

El destino te llevó a otra puerta. Y no te dio tiempo a enseñarnos más que el silencio. Lo que este puede llegar a doler.

Un minuto callados. Tenebrosamente callados todos. Algunos lloraban, otros nos aguantamos. Y con él, con ese minuto, repetimos la lección que de memoria deberíamos sabernos, porque las lágrimas, por desgracia, en este país infame, ya conocen el camino.

Te ha matado, Laura. No lo ha hecho un animal. Los animales no merecen esa comparación. No es un enfermo. No te ha matado un gitano ni te ha matado un hombre, porque los gitanos por ser gitanos no matan. Porque los hombres si matan no son hombres. Ahora ese silencio de todos hará que se oigan opiniones para todos los gustos. Pedirán venganza, sangre, justicia.

Nosotros no salimos al patio a pedir nada. Simplemente salimos a callarnos, a mandarte allí donde estés una carta de amor escrita con las siluetas huecas de las palabras que nos tragamos durante ese minuto, envueltas en un sudario de lágrimas de rabia.

Qué bonita eras. Qué mujer, una de las nuestras. Valiente, soñadora, joven, viva, eterna…

Sin conocerte, en ese minuto, pensé que me había quedado sin catar de cerca el olor de tu risa, tu “hasta el lunes” de eses remarcadas cada viernes, cantadas con ese acento castellano puro tan preciso que seguro que tenías.

Quizá el destino te tenía preparado un hueco en nuestras vidas. Te habría encantado nuestro instituto.

Durante ese minuto tuve tiempo de pensar en que otra vez han matado a una mujer. Todas las mujeres son nuestras pero tú lo eras un poquito más.

Cuando todos rompimos a aplaudir y caminábamos de nuevo hacia las aulas, llevábamos dentro un vacío. Íbamos todos un poquito más muertos por dentro, como cuando se pierde a un amigo.

Y subiendo la escalera me acordé del poema de amor más bonito que jamás se le ha escrito a un amigo que ya no está. Y lo supe. Si no te hubieran matado, Laura, sé que tarde o temprano tú y yo habríamos sido amigos. El destino no debería ser tan cruel. Como lo de rezar no se me da muy bien, ante los ojos de mis alumnos, esos que quizás hubieran sido también los tuyos, decidí honrar el silencio con unas palabras que solo sonaron en mi cabeza. Las del dolor por haber perdido algo que ni siquiera sé si alguna vez habría tenido. Quién sabe si el destino me ha robado a una amiga para siempre…

“A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero”.

 

Para Laura Luelmo, in memoriam.

Un minuto de silencio por ti

Elegía a Ramón Sijé (Miguel Hernández, Joan Manuel Serrat)

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